
Hermanos Domingo y Cirilo Arenas
Crédito: Fototeca de la Delegación Regional
Tlaxcala, Instituto Nacional de Antropología e Historia.
El
20 de noviembre, como señalaba el Plan de San Luis emitido
por Francisco I. Madero, los pueblos se levantaron en armas y gradualmente
el país se convirtió en una pradera encendida. Próspero
Cahuantzi se dio cuenta que las cosas iban más allá
de una simple algarada pueblerina por lo que el 1º de febrero
de 1911, viajó a la capital de la República para pedir
al presidente Porfirio Díaz que no fueran retiradas las fuerzas
federales que resguardaban a Tlaxcala. Por otra parte, solicitó
al Secretario de Guerra que le fueran proporcionados cien fusiles
con sus respectivas dotaciones de municiones, a lo cual accedió
pero con cargo al presupuesto de Tlaxcala. Las fuerzas federales
en Tlaxcala se propusieron descabezar el movimiento, mediante la
captura de Juan Cuamatzi. En dos ocasiones lo persiguieron hasta
la Malintzin, sin éxito. Sin embargo, fue sorprendido en
Xaltelulco por el 29° batallón, al mando del tristemente
célebre coronel Aureliano Blanquet. Cuamatzi y sus seguidores
le hicieron frente, pero al agotarse las municiones decidieron dispersarse.
Cuamatzi, herido, se ocultó en el pueblo de Papalotla donde
fue capturado y fusilado en un lugar entre Panzacola y Xicohtzingo,
junto con Felipe Hernández, Luciano Berruecos, Anastasio
Castro y Antonio Flores.
La muerte de Juan Cuamatzi no detuvo la avalancha revolucionaria.
Fuerzas rebeldes atacaron el 7 de marzo la hacienda de San Juan
Mixco, cercana a la capital, pero ante el avance del primer regimiento
de rurales, fueron hacia Puebla por el rumbo de Texmelucan. Simultáneamente
fueron atacadas otras plazas. El 16 de marzo, Porfirio Díaz
expidió un decreto suspendiendo las garantías individuales.
El 1 de abril de 1911, en su Informe de Gobierno, el coronel Próspero
Cahuantzi tuvo que reconocer que la paz y la seguridad pública
estaban siendo perturbadas por los rebeldes maderistas. La aprehensión
de otro de sus líderes -Diego Sánchez- tampoco disminuyó
el ánimo de los revolucionarios, por lo que el gobernador
reforzó los destacamentos de Chiautempan, Zacatelco, Tlaxco,
Calpulalpan y Apizaco, además de adquirir otros 150 fusiles
Remington de 7 mm. y 12,500 cartuchos.
Los comerciantes, en unión con los empleados del gobierno
estatal y federal, financiaron una fuerza armada para defender la
capital, que quedaba desprotegida cuando las tropas salían
a combatir a los revolucionarios que proliferaban en el estado.
El ejemplo de los capitalinos fue seguido por los rancheros y hacendados,
quienes se comprometieron a mantener una fuerza armada que atendiera
la seguridad de las propiedades agrícolas. Estos esfuerzos
fueron inútiles, pues el 21 de mayo de 1911 se firmó
en Ciudad Juárez el Tratado de Paz entre los representantes
del gobierno porfirista y de la revolución maderista. El
25 de mayo renunciaba a la Presidencia de la República el
general Porfirio Díaz, y el 30 del mismo mes pedía
licencia por tiempo indefinido el gobernador Cahuantzi, designándose
gobernador interino al hacendado de origen irlandés Diego
L. Kennedy.
Posteriormente los maderistas de Tlaxcala lograron ganar las elecciones
llevando a la gubernatura al dirigente obrero Antonio Hidalgo, quien
abanderó un programa que incluía la devolución
de las tierras de las haciendas a las comunidades indígenas,
la creación de colonias campesinas para los trabajadores
del campo carentes de tierras, la exención del pago del impuesto
predial a las pequeñas propiedades y condiciones salariales
más justas para los obreros y trabajadores del campo.
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También
se propuso la desaparición del cuerpo de rurales, brazo represor
del viejo régimen. Ante el sorprendente triunfo de los maderistas
tlaxcaltecas, la élite desplazada formó la Liga de
Agricultores orientada a cohesionar a los propietarios rurales mediante
un sistema uniforme de raya que evitara la competencia entre ellos,
pero el objetivo político era derrocar al gobernador Antonio
Hidalgo.
A principios de 1913, Hidalgo intentó llevar a la práctica
una huelga de peones en las haciendas que fracasó al retirarle
su apoyo el presidente Madero, circunstancia que aprovechó
la Liga de Agricultores para frenar el programa agrario del gobernador.
La decepción cundió entre sus partidarios perdiendo
popularidad y las bases de apoyo que lo habían convertido
en líder político. En esos momentos ocurría
la caída y martirio del presidente Madero y del vicepresidente
José María Pino Suárez y la usurpación
de Victoriano Huerta. Los dirigentes maderistas fueron las primeras
víctimas de los revanchistas de la Liga de Agricultores.
Muchos maestros, empleados y obreros fueron despedidos por su filiación
maderista, otros fueron incorporados por la leva al ejército
huertista, algunos más fueron asesinados como José
Rumbia, secretario particular de Antonio Hidalgo. Los maderistas
que pudieron escapar, regresaron a la resistencia armada en guerrillas
que terminaron aceptando el liderazgo de Máximo Rojas, quien
al incorporarse al ejército constitucionalista fue designado
gobernador provisional y comandante militar de Tlaxcala.
Durante la lucha de facciones a nivel nacional, surgen fisuras entre
los revolucionarios tlaxcaltecas. Pedro M. Morales, ex presidente
del partido maderista, se incorporó a las filas de Francisco
Villa y Domingo Arenas a las de Emiliano Zapata. Sólo Máximo
Rojas se mantuvo firme en las filas del ejército constitucionalista
y transformó el viejo partido maderista en el Partido Liberal
Constitucionalista Tlaxcalteca.
Domingo Arenas observó con más cuidado los acontecimientos.
En diciembre de 1916, abandonó las filas zapatistas reincorporándose
a las del constitucionalismo y fue nombrado por Venustiano Carranza
comandante militar de la Cuenca del Alto Atoyac en Puebla y Tlaxcala.
Tanto Máximo Rojas como Domingo Arenas, se dedicaron a intervenir
las propiedades de los enemigos de la Revolución, es decir
de los más connotados miembros de la Liga de Agricultores.
Pero Domingo Arenas fue más allá, repartió
haciendas y ranchos en las regiones bajo su mando sin mayor trámite
burocrático, practicando los ideales agraristas que le eran
propios. Dentro de las filas carrancistas, Domingo Arenas no fue
bien visto por su radicalismo agrario.
Las presiones que ejercían los miembros de la Liga de Agricultores
en políticos cercanos al Varón de Cuatro Ciénegas
para detener el reparto agrario en Tlaxcala, hicieron mella en Carranza,
quien de alguna manera hizo llegar a Arenas su descontento por las
acciones agraristas. Domingo Arenas buscó nuevamente a los
zapatistas, quienes no olvidaban su defección. Los zapatistas
simularon recibirlo nuevamente en sus filas, pero en realidad le
tendieron una trampa asesinándolo en una reunión que
sostenía con el general Gildardo Magaña, a quien culparon
los arenistas del asesinato de su líder.
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