Esta cultura estableció su capital, hace
más de mil años, en la imponente ciudad fortificada
de Cacaxtla, que se ubica en la zona suroeste del actual estado
de Tlaxcala, entre la cuenca de los ríos Atoyac y Zahuapan,
arriba de un cerro y en una posición estratégica para
dominar las planicies de los alrededores. Estaba formada por una
serie de adoratorios, plataformas, templos, terrazas, plazas, calles
y pirámides, como muchas otras ciudades del área mesoamericana;
sin embargo, lo que la distingue entre todas las de la América
precolombina son sus numerosas, impresionantes y bien conservadas
pinturas murales. Aún cuando Cacaxtla fue edificada por los
olmeca-xicalancas, su obra pictórica da cuenta de las notables
influencias mayas y teotihuacanas, entre otras, que tuvo esta antigua
cultura. Arte y mitología, hombres y dioses, vida y muerte,
victoria y derrota, tierra y agua, noche y día, aves y jaguares,
guerra y paz, son símbolos duales y antagónicos, no
descifrados del todo aún, dibujados con gran realismo en
varios de los muros de la otrora magnificente y poderosa ciudad
de Cacaxtla. Este tesoro arqueológico, orgullo de la cultura
tlaxcalteca, es una de las expresiones más elevadas y espléndidas
de dicha cultura, por lo que con frecuencia se le considera como
un importante punto de referencia de la identidad histórica
de Tlaxcala.
La región funcionaba como zona natural de
paso que comunicaba al Altiplano Central con las áreas del
Golfo de México, Oaxaca y la costa del Pacífico, por
lo que adquirió una importancia estratégica en las
relaciones comerciales. Esto provocó que Cacaxtla recibiera
constantemente una influencia de diferentes culturas como la cholulteca,
teotihuacana, maya, zapoteca y totonaca. Sin embargo, dado que Cacaxtla
formaba parte de los corredores comerciales que cruzaban el área
poblano-tlaxcalteca, la influencia más directa sobre la zona
fue la teotihuacana.

Panoramica del Gran Basamento.
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